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La realidad virtual puede proveer sensaciones similares a las que se atribuyen a los dioses según el concepto del samsara budista. Dioses que, sin embargo, están en lo más alto de la ilusión y el engaño

Algunas de las mentes más diestras de Silicon Valley confían en que la tecnología de realidad virtual será en la siguientes décadas lo que los smartphones han sido en la pasada década, es decir, la siguiente gran revolución tecnológica que modifique sustancialmente nuestra relación con el mundo. Para que esto suceda deberán superar por mucho a los videojuegos y, obviamente, añadir a nuestra experiencia mediática un componente de realismo, de verosimilitud, de excitación inmersiva. La gran frontera de la realidad virtual será lograr producir experiencias suficiente avanzadas tecnológicamente como para ser indistinguibles de la realidad —lo cual es la definición de magia de Arthur C. Clarke—. Para esto, compañías como Magic Leap están incorporando a su desarrollo ya no sólo diseñadores, programadores e ingenieros, sino neurocientíficos y biólogos. Para que este producto sea tan exitoso como se está especulando, se debe entender cabalmente el funcionamiento del cerebro humano.

Si es que esto sucede —y siempre con esa condicionante— me pregunto si no nos ocurrirá como al hechicero que toma a sus apariciones como autónomas y llega incluso a enamorarse perdidamente de sus espectros. Esto sería la máxima narcosis narcisista, usando el término de Marshall McLuhan. En esto hago eco del maestro budista Alan Wallace, quien cree que la realidad virtual puede ser la máxima tecnología del samsara —samsara es el mundo ilusorio cíclico en el que estamos atrapados en un loop debido a la ignorancia de nuestra condición verdadera, es decir, que en realidad no somos personas, somos Buda, conciencia iluminada—. Ya que la realidad virtual, en teoría, puede producir paraísos sensoriales, espacios de suntuosidad libre del dolor donde podemos ser quien siempre quisimos pero quien nunca pudimos ser en la vigilia, podríamos perder la motivación para realizar nuestras tareas espirituales en el mundo “real”. Podríamos estar creando una generación de “Napoleones de sofá” con sus headsets de conquistadores de la galaxia.

Por supuesto la realidad virtual tiene un enorme potencial en otro sentido más positivo, como puede ser la educación e incluso la meditación. Pero uno tiende a pensar que la tecnología será cooptada —como ha ocurrido con toda la tecnología digital— por los imperativos del mercado capitalista, es decir, como un arma para hacer más dinero. Se poblará el espacio íntimo de nuestra mente de una compleja dinámica de mercado, de deseo y agendas ulteriores. Lo podemos ver hoy con los jóvenes que viven pegados a sus teléfonos: la tendencia es al aislamiento, a la virtualidad, a tener relaciones siempre mediadas y no a la presencia o a la utilización de la tecnología como un medio para pensar y sentir el mundo y transformarlo verdaderamente.

En la cosmología budista, dentro del samsara, existen mundos superiores al nuestro, el cual es el mundo del deseo; son mundos de calma extática, de placer supremo que pueden durar eones, como si se tratara de un cuasi eterno masaje de plumas, en los cuales habitan ciertas deidades. Aunque esto puede parecer atractivo, el Buda enseñó que es una crasa ilusión perseguir estos estados de placer ya que pese a su larga duración son impermanentes —los dioses tendrán que caer del cielo—, y por lo tanto tarde que temprano se traducirán en sufrimiento y en reciclaje dentro del samsara, lo cual denota ignorancia. En realidad la única verdadera motivación, según el budismo, es la sabiduría, la verdad de que el mundo en el que existimos es sufrimiento, pero que existe la liberación de este sufrimiento. Para ello es necesario tomar un camino que corte a través de la membrana samsárica hacia el estado de reconocimiento de la esencia innata o nirvana. En otras palabras, es necesario darse cuenta de dónde estamos parados y enfrentar la realidad con todas sus incomodidades e inconveniencias; la realidad virtual, por otro lado, presenta, como nunca antes, una forma de escapar de esto, mas no de liberarse.

Ante los desarrollos recientes en inteligencia artificial y robótica, Musk lanza una alerta

En las últimas semanas se anunciaron al menos dos desarrollos robóticos sumamente sorprendentes. 

Por un lado, a finales de octubre, se dio a conocer a “Sophia”, quizá el robot más antropomórfico construido hasta hoy que, además, llegó acompañado de una estrategia publicitaria de alto impacto: se trata también del primer robot en la historia en recibir la ciudadanía de un país, en su caso Arabia Saudita, cuyo gobierno lanzó de esta forma el anuncio de que se encuentra abierto a acoger empresas e iniciativas dedicadas al desarrollo de inteligencia artificial. 

“Sophia” fue diseñada y construida por la compañía de origen hongkonés Hanson Robotics, en donde se le programó para sostener conversaciones con seres humanos. Sus programadores incorporaron desarrollos tecnológicos modernos como el reconocimiento facial y de voz, la búsqueda de nueva información y el aprendizaje sobre la marcha, pero al mismo tiempo puede considerarse una versión de su antecesora ELIZA, el legendario programa que fue uno de los primeros en pasar la prueba de Turing (conversar con un ser humano sin que éste se dé cuenta de que sostiene una plática con una máquina). En ese sentido, a pesar de todas las escenas sorprendentes que se han visto en medios, puede decirse que “Sophia” está diseñada para generar la ilusión de una conversación, y no tanto para conversar en sí, según lo entendemos los seres humanos.

Por otro lado, a mediados de noviembre, el laboratorio Boston Dynamics igualmente hizo públicas algunas escenas de su robot estrella, “Atlas”, realizando movimientos que “la mayoría de las personas no pueden hacer”, según se repitió en diversos medios, esto es, saltar del piso hacia una superficie elevada y, lo más notable, hacer un salto hacia atrás. 

Al ver tanto a “Sophia” como a “Atlas”, es un poco inevitable pensar en las varias películas de ciencia ficción construidas sobre la posibilidad distópica de la inteligencia artificial y los desarrollos robóticos. Por más optimismo o esperanza con que se presenten estas invenciones –se dice, por ejemplo, que “Sophia” podría asistir a personas mayores en casas de retiro, a los visitantes de un parque público, y que Atlas podría usarse en misiones de rescate–, lo cierto es que en la historia de la humanidad se encuentra evidencia suficiente para sospechar de esas buenas intenciones y, en ese sentido, no resulta complicado imaginar a “Sophia” y a “Atlas” en escenarios de guerra y violencia como los de la distopía Matrix, por ejemplo:

Elon Musk es una de las personas que comparten dicha suspicacia frente a la inteligencia artificial, e incluso más que una simple reticencia. De acuerdo con un reportaje publicado recientemente por la revista Rolling Stone, el también inventor y fundador de la compañía automotriz Tesla considera que existe sólo un 10% de probabilidades de desarrollar inteligencia artificial que sea segura para el ser humano. En el resto de escenarios, la inteligencia artificial representa un riesgo mayor para la supervivencia de nuestra civilización, según Musk.

Paradójicamente, Musk también es inversor en DeepMind, el ambicioso proyecto de investigación en inteligencia artificial de Google que cuenta con vastos recursos para sus investigaciones. Según se publica en Rolling Stone, Musk decidió invertir en el proyecto para “tener un ojo” en los desarrollos de Google. 

Según puede colegirse de sus proyectos y sus posiciones frente a ciertos fenómenos contemporáneos, Musk actúa bajo ciertas directrices filantrópicas y, a diferencia de muchos de sus colegas multimillonarios, se ha pronunciado en diversas ocasiones a favor del uso benéfico de la ciencia y la tecnología, en provecho de la humanidad y no en su contra. 

Él, por ejemplo, es una de las pocas personas que estando dentro del círculo de acción de los dueños y desarrolladores de empresas como Facebook, Google o Amazon, señala el inmenso poder que han acumulado estas corporaciones a través de la recolección de datos personales, mismo que hasta ahora se encuentra escasamente regulado y que quizá con el tiempo se vuelva incontrolable.

No es posible saber hasta dónde llegará el desarrollo de la inteligencia artificial o el uso de la información personal que concedemos con tan sólo pasar unos cuantos minutos en las redes sociales, pero quizá la alerta de Musk podría tomarse más en serio antes de que, como dijo en otra ocasión, veamos robots en las calles matando seres humanos.

 

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